miércoles, 19 de marzo de 2014

¡Que le corten la cabeza!

En 24 horas, las que van desde la denuncia de ElConfidencial hasta su dimisión, Luciano González García, director general de la Agencia de la Energía de la Junta de Andalucía, asumió la responsabilidad política de haber construido años antes una vivienda en suelo rústico y renunció a su cargo en el gobierno regional. Estos son los hechos desnudos, sin opinión.

Pero como no puede ser de otra forma, la aparente certeza de que un responsable de energía de un gobierno autonómico haya construido una vivienda en suelo rústico ha vuelto a abrir la caja de Pandora, y en todo tipo de foros podemos escuchar el mantra acostumbrado hacia los políticos en general y hacia el PSOE en general.

La masa, no la fecunda de la que nos hablaba Besteiro sino la linchadora de las grandes ocasiones, grita, como la Reina de Corazones, ¡que le corten la cabeza!

González García, un particular sin responsabilidad política institucional en ese momento, tomó la decisión de construir una vivienda en suelo rústico, como decenas de miles de familias en todo el Estado. Como todas esas casas ilegales, González García, un particular, consiguió contratar el agua y la electricidad, como consiguen todos los propietarios de las decenas de miles de viviendas construidas ilegalmente en España.

Pero más allá de la sorprendente reacción popular (que empatiza con el extranjero que construyó en suelo rústico y lo considera engañado, y que en este caso grita iracunda) lo cierto es que además de que no tenía que haber construido dicha vivienda en el pasado, tampoco debía haber aceptado un puesto de responsabilidad institucional con ese cadáver en el armario.

Pero hay que reconocer que una vez abierto el ropero y exhibido públicamente el cadáver, ha reaccionado como dios manda: renunciando, ipso facto, a su responsabilidad.

Pero este hecho no ha generado la natural tranquilidad: se ha descubierto una irregularidad en el pasado de un cargo político, y el afectado dimite de inmediato sin que el Partido al que representa haya intentado que aguantara en su responsabilidad.

Y esto también me escandaliza. Si celebramos que un político inglés dimita por haber usado los puntos del carné de conducir de su esposa, y consideramos ejemplar la dimisión de un ministro alemán por haber plagiado su tesis doctoral, ¿porqué no reconocemos la virtud de la política andaluza cuando un gestor público dimite porque años antes de asumir su responsabilidad política había construido una vivienda en suelo rústico?

Si pretendemos una revolución ética en la sociedad española, un rearme ético de nuestra clase dirigente, ya sea política, económica, social o cultural, debemos apoyar los hechos que avancen en la buena dirección. Por ello, como socialista y andaluz, me felicito y agradezco que Luciano González haya dimitido de forma inmediata. Y animo a los compañeros y compañeras del PSOE que vayan a asumir una responsabilidad, que se aseguren antes de no contar con cadáveres en el armario.

sábado, 8 de marzo de 2014

Mi Verdad

Pocas cosas hay en la vida que me enerven más que la dichosa expresión mi verdad. Las primeras veces que la escuché fue en programas que llaman del corazón, pero para sorpresa y escándalo mío, he terminado leyéndola y escuchándola por todas partes, incluso en programas informativos.

Cierto que la expresión mi verdad es muy afortunada como estrategia de comunicación, ya que por un lado es tajante y da verosimilitud de una afirmación, y por otra evita la contradicción con cualquier otra versión de los hechos.

Porque realmente, cuando se dice mi verdad de lo que se trata es de una versión de los hechos, tan legítima o ilegítima como cualquier otra. Y que posiblemente unida a otras muchas versiones puedan ayudarnos a tener una idea cabal de la verdad.

Soy consciente que la verdad es inconmensurable, indescriptible. A lo más que podemos aspirar los seres humanos es a obtener una versión más o menos prolija, que aceptemos que se aproxima a una verdad siempre inaprensible, intuida.

Otra de las imbecilidades que se suelen escuchar es que la verdad judicial es la verdad verdadera. Muchos son los casos, y en este mismo blog he podido recoger algunos, que verdades judiciales han sido desmontadas meses, años después, por pruebas que demuestran que las mismas eran realmente una mentira judicial.

Acepto que la verdad judicial nos es fundamental a la hora de sobrevivir en este mundo. Una sentencia judicial que afirma como probados determinados hechos nos pueden ayudar a superar un dolor profundo, especialmente si se trata de la víctima. Pero argumentar que no se puede cuestionar esa verdad judicial es un desatino.

Ahora bien, cuestionar con argumentos una verdad judicial no significa que la verdad esté más cerca de mi versión que la de la propia sentencia. Y por eso hay que ser siempre prudentes en nuestras propias convicciones.

Eso no significa, evidentemente, que se deba renunciar a una convicción profunda por el simple hecho de que la mayoría sostenga otra versión, o porque exista una sentencia judicial que afirma otra cosa. Pero al mismo tiempo hay que tener la prudencia de evitar imponer mi versión, mi verdad, sobre los demás, sobre todo cuando esa convicción se transforma en delirio místico. Como la de los revisionistas sobre el totalitarismo franquista, los defensores del vínculo transatlántico o la existencia del ser humano desde el mismo momento de la fecundación.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

domingo, 3 de noviembre de 2013

Gallardón, la Iglesia y el Matrimonio



A veces la vida tiene un no se qué de justicia poética muy divertida para los que teniendo ojos quieran ver, y teniendo oídos, quieran oír.

El catolicismo patrio se ha quedado con las vergüenzas al aire, por mucho que con su silencio intente tragar una medida del más derechista de los ministros de Rajoy que degrada el matrimonio a su condición natural de pacto privado entre pares.

Sabiamente, el primer ministro británico Míster Cameron afirmó “Yo no apoyo el matrimonio homosexual a pesar de ser conservador. Lo apoyo porque soy conservador". Porque ampliar el matrimonio a las personas del mismo sexo no sólo no debilita la institución matrimonial, sino que la refuerza al convertirse incluso para las parejas gay y lésbicas en la vía natural para su socialización, evitando que se avance hacia la privatización de las relaciones de pareja.

Y curiosamente, el partido que recurrió el matrimonio igualitario al Tribunal Constitucional, tras su aprobación por el socialista Rodríguez Zapatero, ha adoptado una decisión que sí ahonda en la vía de convertir el matrimonio en una cuestión completamente privada: su formulación ante notario, como cualquier otro pacto entre particulares que no requiere la supervisión del Estado.

Pero aún más sorprendente es el silencio de los siempre verborreicamente incontinentes conservadores obispos españoles, que en expresión castiza podríamos decir que “callan como putas”.

Lo más relevante de la decisión de Gallardón no es, por lo tanto, su deriva privatizadora, sino la destrucción de la institución matrimonial como la hemos conocido hasta ahora, reducida a un contrato comercial entre partes, como tomar un seguro, o vender una vaca.

Al final va a resultar que en España el último conservador fue Rodríguez Zapatero.

domingo, 27 de octubre de 2013

Odia el terrorismo y compadece al terrorista

        
Lo sé. El título de este post, trasunto de la famosa frase de Concepción Arenal (odia el delito y compadece al delincuente) puede causar ampollas a más de uno. Pero no será por lo que sugiere, sino debido a la deriva moral de una parte importante de la sociedad española que está regresando a la ley de Talión.

Sobre las víctimas y su dolor, ya manifesté mi opinión en el post Victimización de la sociedad. Pero lo sucedido en la última semana, que comenzó con la más que justificada, en lo moral y en lo jurídico, sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo sobre la aplicación retroactiva del cómputo de los beneficios penitenciarios, hasta la manifestación de asociaciones de víctimas (bueno, sólo de víctimas de ETA, no de todo el terrorismo, no de todas las víctimas) contra dicho Tribunal, pasando por la aprobación del Estatuto de la Víctima por parte del Consejo de Ministros, me lleva a continuar con dicha reflexión.

La única reparación justa para una víctima es que el crimen que le llevó a tal situación no se hubiera producido nunca. Pero eso las leyes no pueden conseguirlo porque la Justicia, así en mayúsculas, o es divina o es imposible. A lo más que pueden aspirar las sociedades emocionalmente sanas, construidas sobre los paradigmas de la igualdad, la libertad y la fraternidad, es dotarse de leyes, que deben ser pocas y bien hechas, de un sistema eficaz que persiga al infractor, y un sistema judicial capaz de sancionarlo.

La demagogia política lleva a pensar que la firmeza moral es proporcional a la cantidad y dureza de las penas contempladas en las leyes. Pero la realidad no es esta. Muchas leyes, hechas de forma apresurada, cambiadas a golpe de acontecimientos, terminan semejándose a un monstruo de frankenstein con penas divergentes para delitos semejante, sin un sistema policial que asegure su cumplimiento, con juzgados colapsados y sin prisiones suficientes, terminan por generar aún mayor frustración social ya que ni se puede perseguir el delito, ni juzgarlo ni hacer cumplir las penas.

Pero la última vuelta de rosca es el perverso principio sobre el que se asienta el inmoral Estatuto de la Víctima. Si a la justicia se le ha representado históricamente como una dama con los ojos tapados, es precisamente para señalar la necesidad de que la persona encargada de juzgar (que no de impartir justicia, que es cosa imposible) esté liberada del dolor de la víctima.

En el plano moral, abrir la senda de que la víctima participe en la sentencia y su ejecución, es una barbaridad. En el plano práctico, es un dislate. Ante el asesinato de una persona, ¿quién es la víctima, el padre, la madre, el esposo, la esposa, los hijos, los nietos? ¿Qué pasará si dos familiares cercanos, un hijo y el esposo pongamos por caso, manifiestan dos posiciones diferentes, una hacia la clemencia y otro hacia la venganza? ¿A quien deberá hacer caso la justicia?

Pero es que además, esta filosofía no sólo no beneficia a la víctima sino que la destruye como persona al cosificarla, obligándola a auto identificarse eternamente como tal, obligándole a vivir pendiente de su agresor. Con este sistema, el vencedor será siempre el criminal, el terrorista: no sólo habrá destruido a la persona, sino que además conseguirá que nunca más supere tal situación.

Por la parte del criminal (el violador, el asesino, el terrorista) centrar todos los esfuerzos en su castigo sin intentar solucionar sus causas, impide ver que la mayoría de los crímenes tienen su origen o en trastornos mentales o en problemas sociales. Y que sin solucionar éstos, es imposible atajar aquellos de forma real.

Estados Unidos es la prueba: un país con un sistema judicial y penitencial durísimo, donde la libertad de armas de fuegos es escandalosa, pero que cuirosamente la tasa de criminalidad y población penitenciaria es altísima. Lo que no se tiene en cuenta que todo ello depende más de una sociedad con una gran injusticia social, sin servicios públicos que cohesionen a la ciudadanía, y con una fractura familiar y social insostenible, que de las leyes, los juzgados y las prisiones.

Con demasiada rapidez, la sociedad española está olvidando que la firmeza moral de una sociedad como la nuestra es la defensa de la ley por encima de la venganza, de la preeminencia de la compasión sobre el rencor. Y el argumento que están usando es una falsa empatía con las víctimas.

La frase de alguna asociación de víctimas de ETA de que debe haber vencedores y vencidos es estremecedora por su parecido a la afirmación del ex general golpista Mola al inicio de la Guerra Civil: “Ni pactos de Zanjón, ni abrazos de Vergara, ni pensar en otra cosa que no sea una victoria aplastante y definitiva”.

¡Que diferencia, que abismo moral, de aquellos republicanos que a punto de ser asesinados, durante la Guerra Civil, durante la durísima posguerra, escribían a sus esposas pidiendo que no educara a sus hijos en el rencor, el odio y la venganza!