viernes, 1 de mayo de 2026

Mujeres antes y después de la Guerra Civil española

 


Suelo compartir que es un error pensar que el esplendor científico, cultural, social y económico de los años 30 fuese resultado de la segunda República. Realmente sería al contrario: la República de 1931 sería el resultado de un proceso de “acumulación” científica, cultural, social y económica producida en nuestro país desde el final de la década ominosa, tras la muerte de Fernando VII en 1833. Es decir, que la edad de plata española fue el resultado de casi 100 años de “acumulación” cultura, científica y social, y que tuvo un abrupto y funesto final en la Guerra Civil, que retrotrajo a España a mediados de siglo XIX.

Pero esto no era algo nuevo. Pasó igualmente en el siglo XVIII. La llegada de los Borbones, provocó otro proceso, lento pero constante, en el crecimiento cultural, científico, social y económico de España (tras la decadencia del siglo XVII) que alcanzó su cenit a finales del siglo XVIII. Y otra “guerra civil”, la del absolutismo durante la década ominosa, tiró por la borda esa “acumulación” y hubo que empezar de nuevo, como si hubiésemos regresado a 1710.

En las derechas españolas, siempre reaccionarias, siempre católicas, hay una especie de gen regresivo que, cuando la sociedad española alcanza un desarrollo similar al contexto europeo, siente la necesidad perentoria de acabar con todo ello, y llevarnos de regreso al pasado.

Por ello es imposible analizar los logros alcanzados durante la segunda República si no tenemos en cuenta ese proceso de crecimiento sostenido, de “acumulación” que explota entre los años 20 y 30 del siglo XX, en todos los campos. Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Josep Trueta y Santiago Ramón y Cajal, pero también Clara Campoamor, María Zambrano y Margarita Xirgú (por poner algunos ejemplos) no se pueden explicar sin Benito Pérez Galdós, Julio Sanz del Río, Salvador Calderón e Isaac Peral, como tampoco sin Concepción de Arenal, la Baronesa Wilson y Emilia Pardo Bazán.

Ese proceso dinámico no suele ser tenido en cuenta en la mayoría de análisis que observo en artículos académicos y periodísticos, lo que, a mi entender, debilita la capacidad de análisis de la sociedad española de su propia historia. Y es que el progreso social, como todo proceso, requiere tiempo, esfuerzo colectivo y estabilidad social, y no viene determinado por liderazgos autoritarios o genios excepcionales.

En el campo del liderazgo femenino que observamos durante la segunda República es igualmente resultado de esa acumulación de varias generaciones de mujeres, y también de hombres, que durante el siglo XIX y el primer tercio del XX, contribuyeron a la toma de conciencia primero, y al liderazgo social después.

Hombres como Arsenio Durán, médico socialista y director de La Correspondencia de Alicante, quien publicó un artículo en 1903 en el que afirmaba “¡Día llegará un día en que la mujer rompiendo las ligaduras que oprimen sus miembros y dando a su inteligencia la ilustración que le negamos, escalará las alturas hoy inaccesibles para ellas! Como uno de tantos seres que forman filas en la procesión de la vida, gozarán de idénticos derechos y solo estará obligada a cumplir iguales deberes que el hombre.”

La abrupta y desgarradora ruptura propiciada por el régimen Nacional-Católico de las derechas y la Iglesia Católica, llevo a las mujeres a un retroceso más propio de mediados del sigo XIX que de la España de Alfonso XIII.

Recientemente he tomado conciencia de este cambio, analizando la historia de las propias mujeres de mi familia.

Mis abuelas, Rafaela e Isabel, eran hermanas. Junto con Carmen y María Luisa, eran hijas de Manuel del Pino Ponce, que se jubiló como segundo teniente de la reserva del cuerpo de Carabineros, y de María Díaz López, nieta de Ana Melibeo, proveniente de una dinastía de boticarios italianos en la provincia de Málaga.

Las cuatro hermanas nacieron a finales del siglo XIX en distintos pueblos de la provincia de Huelva, donde estuvo destinado mi bisabuelo Manuel del Pino, pero al jubilarse, se trasladaron a Málaga, donde crecieron entre 1907 y 1919.

Las cuatro hermanas se dedicaron a la costura, especializándose en sostenes, sombreros y fajas, trabajando para la calle, profesiones que mantuvieron incluso después de casarse. Así, abrieron en Ceuta un taller de costura en los años 20, y en los años 30 mi abuela Isabel abrió una tienda, “Modas de Madrid” en Écija, donde utilizaba patrones que traía de Madrid y París, y que tuvo que cerrar tras el asesinato de su marido, mi abuelo Justo Morterero, por estar afiliado a FETE-UGT y dar clases de adultos en la Casa del Pueblo de Écija. Además, mi tía abuela Carmen del Pino Díaz fue encargada de la Tintorería Inglesa de Málaga a finales de los años 10, con apenas 20 años, y con mujeres a su cargo.

Curiosamente las hijas de mis abuelas, nacidas entre 1923 y 1932, y que sufrieron la “re educación” del nacional-catolicismo del régimen franquista a partir de 1936 (todas ellas estuvieron en territorio controlado por los militares traidores de la segunda República a partir de julio de 1936) o no tuvieron una profesión, o en el caso de dos de mis tías que fueron dependientas, abandonaron su empleo al casarse o al tener que cuidar a su madre.

Y eso que mis tías Crisanta (Justita) y Carmen (Carmenchu) Morterero, aprobaron el examen para realizar el segundo ciclo del Bachillerato en junio de 1936, con la intención de mis abuelos que se matricularan en el curso 1936-1937, cosa que nunca pudo suceder.

Es decir, en una generación, franquismo mediante, se pasó de mujeres educadas para realizarse profesionalmente a mujeres educadas para encarnar el ideal del “ángel del hogar”, dedicadas, más o menos voluntariamente, al exclusivo cuidado del esposo y de los hijos.

¿Cual es el valor de este análisis “familiar”? Pues que elimina variables como la clase, la procedencia geográfica o la cultura, ya que se trata de miembros de una familia que más allá de los problemas económicos propios de la guerra y la posguerra, mantuvieron el mismo estatus social y cultural entre 1900 y 1960. Por lo tanto, las diferencias en el comportamiento no residió en factores propios sino externos.

Y la prueba de que el espíritu feminista y la aspiración de crecimiento personal permanecía, es que se retomó con las nietas: la mayoría de ellas licenciadas o diplomadas universitarias, y todas ellas con profesiones más allá del hogar.

La ebullición feminista durante la segunda República fue la culminación de un proceso histórico en el que participaban no sólo las élites sino el conjunto social, que fue violentamente interrumpido por la voluntad machista y patriarcal de la alianza de las derechas y la Iglesia Católica en ese engendro político denominado “nacional catolicismo”, pero que inevitablemente fue superado por las siguientes generaciones de mujeres.

La ilustración que acompaña este artículo es un anuncio publicado en 1917 por mi abuela Rafaela del Pino Díaz, con solo 19 años, en el diario algecireño “España Marruecos” como modista de fajas.