sábado, 20 de febrero de 2016

¿Una nueva política sin un pueblo nuevo?

 

Fue en los noventa, tras trabar amistad con C.S.G., cuando descubrí que desde siempre mis análisis habían sido sistémicos. Por eso, cuando reflexiono parto del hecho de que el cambio de una parte de un sistema afecta a todo el sistema, modificándolo, aun cuando a veces sus efectos no sean observables, medibles o cuantificables.

El inicio de la crisis económica que nos asola, fue el detonante de la voladura de una fantasía en la que la sociedad española venía instalada desde hace décadas. Eso la ha convertido en una crisis sistémica, global,  que ha sumido en el estupor y la desesperación a amplísimas capas de la población.

¿Qué sociedad hemos construido en estos años? ¿Con cuanta miseria hemos convividos mientras nos creíamos en una Arcadia feliz y venturosa? ¿Cuántos no pensaban hasta 2008, como los norteamericanos en los locos años 20, que en España no íbamos a necesitar paraguas nunca más porque íbamos a vivir eternamente bajo un sol radiante?

Y como no podía ser de otra forma, nuestra reacción ha sido la que culturalmente nos corresponde: culpabilizar a los demás de nuestros males.

Y ese es, a mi entender, el gran error actual de la sociedad española. Su confianza desmedida en la nueva política, como medicina a todos los males que nos afligen, es de una simplicidad que espanta, y que nos profetiza nuevos problemas a medio y largo plazo.

Y claro que es necesaria una nueva política, un cambio de los paradigmas sobre los que transitaba nuestro sistema político e institucional. Y esta necesidad de cambio es una oportunidad de ser ambiciosos y atrevidos, planteando alternativas que hasta el momento no nos hemos permitido ni soñar.

¿Pero qué mimbres tenemos para ese nuevo cesto que contenga la nueva política? Me temo que los mismos de siempre. La misma sociedad de siempre. Los mismos esquemas mentales de siempre. Los mismos hábitos españoles de siempre de echar la responsabilidad fuera de nosotros, esperando que sean los demás los que cambien porque, está claro, yo no tengo ninguna responsabilidad sobre lo que ocurre y por lo tanto no hay necesidad de cambiar nada.

En esta crisis que se nos está haciendo interminable, apenas he leído o escuchado (en tertulias, conversaciones informales, artículos, foros, redes sociales, etc.) a ciudadanos que hayan hecho un planteamiento que contenga un ejercicio de autocrítica, identificando su cuota de responsabilidad y comprometiéndose con medidas viables a cambiar de aquellos hábitos con los que colaboró (por acción o por omisión) a las dinámicas sociales y económicas que han dado lugar a esta crisis sistémica.

No sé, cosas del tipo: yo antes si me preguntaban si factura con IVA o sin IVA, casi siempre decía que sin IVA; a partir de ahora me negaré a pagar sin IVA. O por ejemplo: antes pensaba que la política era cosa de políticos, pero ahora voy a intentar informarme mejor para saber que es realmente lo que pasa e intentar que no me vuelvan a engañar. O: yo antes no desconfiaba cuando me ponían un papel por delante y firmaba sin leer, pero ahora me doy cuenta que era un error y pienso leer todo antes de firmar, e incluso consultar con otros si hay algo que no entiendo. E incluso: yo antes pensaba que la democracia era solo votar cada cuatro años, pero ahora he comprendido que no, y por eso voy a tomarme más en serio asistir a las reuniones de Comunidad de Propietarios y a las reuniones de las AMPAS de mis hijos.

Pero no. Confortados con la consoladora doctrina de la-culpa-la-tienen-los-demás defendida por todos, incluidos los más críticos con el actual sistema político, nadie parece asumir la necesidad de cambiar personalmente para contribuir al cambio.

No veo en los medio de comunicación, en el debate político o en los comentarios de mi entorno, nuevos mimbres, una reflexión colectiva que nos hagan mejores personas y con ello se pueda vislumbrar un nuevo pueblo, con mayores dosis de comportamiento crítico, autocrítico y ético.

Cierto que la sociedad española ha cambiado y ello obligará a cambiar a las instituciones, las administraciones, o incluso durante un tiempo descenderá la corrupción política. Pero será un cambio débil, nada vigoroso y sin un sesgo ético. Por ello, pasados unos años, volveremos a las andadas y nada de lo sufrido habrá servido lo suficiente. Y la sociedad española de 2025 se parecerá peligrosamente a la sociedad española de 2005.

Aunque siempre nos quedará el consuelo del refranero: el que nace lechón, muere cochino.

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