miércoles, 12 de noviembre de 2014

Ya nos volvemos a calentar

A los y las españolas nos va la jarana. Parece que la única manera de librarnos de nuestra secular indolencia moral, es con espasmódicos periodos de convulsiones. Claro que hay quien empiedra el camino: unas élites corruptas y corruptoras, unos nacionalistas sectarios y reaccionarios, una colectividad pasiva y absentista de sus derechos.

Y en ello andamos ahora, con el lío catalán, y con los líos de falda, drogas y corrupción.

Y reconozcámoslo: los nacionalismos españolistas (que a mí me gusta llamar mesetario) y catalanistas se retroalimentan. Los unos ninguneando a la periferia costera (violentando el régimen de competencias, usando el presupuesto del Estado en su vertiente pavloviana, e incendiando las ondas y los papeles con discursos sectarios) y los otros justificando sus desmanes y corruptelas azuzando las más peligrosas de las pasiones humanas: el amor al terruño y el campanario.

Que haya palabras totem es inevitable, y no hay que obsesionarse con ello. Pero hay veces que las mayores de las luchas se basan en palabras y conceptos totem que pasados los años nos parecen ridículos. Una de las personas que parecen librarse de la pozoña intelectual de nuestras clases dirigentes, la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, ha afirmado recientemente que el término nación le da igual, siempre que se tenga claro que la soberanía nacional es indivisible y que todos los ciudadanos y las ciudadanas españolas son iguales allí donde nazcan o residan.

Por otro lado, las vomitivas corruptelas que hoy estamos conociendo de manos de nuestros políticos, y que son incomprensibles sin la activa colaboración de las elites económicas e intelectuales españolas y la pasividad de una sociedad que intuía pero prefería mirar hacia otro lado porque pensaba que en el fondo todo ello le beneficiaba, está rompiendo las costuras del proyecto democrático alumbrado en el dificilísimo parto que sucedió a la muerte del genocida.

Como he dejado escrito en otro post, la aparente tranquilidad social tras 1978, convenció a las élites económicas españolas que había llegado el momento de recuperar todo el espacio perdido (que sí, que también la derecha económica y política se dejaron pelos en la gatera de la Transión) y poco a poco, con las mayorías absolutísimas de Aznar y Rajoy, han ido eliminando de facto la negociación colectiva, el derecho a huelga y los derechos laborales.

Pero ¿cuál ha sido la reacción a todo ello? Pues no la firmeza democrática de un pueblo maduro, no la voluntad serena pero radical de parar los desmanes. En absoluto. Ha saltado el “sálvese quien pueda” de los catalanes, y la furia indisimulada contra todo lo que huela a la Transición en el resto del Estado.

Un hombre muy perspicaz, Manuel Azaña (que parecía que si no nos había parido, nos había criado), ya nos advirtió en su discurso de despedida en el ayuntamiento de Barcelona, el 18 de julio de 1938, que antes que después se nos volvería a calentar la sangre, cuando afirmó: cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, añadiendo, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, piedad, perdón.

Y los líos en los que nos estamos enredando en este momento los españoles (se sienta o no como tal, que para eso es nuestro hecho diferencial ante el mundo), y que periódicamente venimos repitiendo en los últimos siglos, parece que justifica a aquellos que afirman que los y las españolas solo pueden ser gobernados con una bota en el cuello. Militar, naturalmente.
     
Y eso no. Rotundamente No.

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